Pompeya panorámica de la paza del Foro y el Templo de Jupiter con el Vesubio al fondo_wPompeya panorámica de la paza del Foro y el Templo de Jupiter con el Vesubio al fondo
Pompeya, la ciudad detenida en el tiempo
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“Durmiendo bajo el volcán” podría ser uno de los títulos que mejor definen a Pompeya. Al visitarla, inevitablemente aparece otro concepto: Los últimos días de Pompeya. Y es que recorrer sus calles supone caminar por una ciudad atrapada en el instante previo a la catástrofe, suspendida en el umbral de su propia historia.

Pompeya nace oficialmente en el año 80 a. C., cuando el cónsul Lucio Cornelio Sila, tras nueve años de conflicto con las tribus samnitas, somete la ciudad y la convierte en colonia romana bajo el nombre de Colonia Cornelia Veneria Pompeianorum. Sus habitantes reciben entonces la ciudadanía romana, marcando el inicio de una profunda transformación urbana, política y social.

Situada en una región acostumbrada a los temblores de tierra y a los fenómenos volcánicos, Pompeya convivía con el Monte Vesubio sin ser consciente de su verdadero peligro. En el siglo I, el Vesubio no era considerado un volcán activo, lo que explica la falta de reacción ante las primeras señales del desastre.

Los cronistas del desastre

La erupción de agosto del año 79 d. C. quedó inmortalizada gracias a Plinio el Viejo, almirante de la flota del Tirreno, que perdió la vida mientras intentaba observar el fenómeno y auxiliar a la población. Su sobrino, Plinio el Joven, relató los hechos en dos célebres cartas dirigidas a Tácito, textos que hoy siguen siendo una fuente clave para entender la catástrofe.

Gracias a estos relatos, Pompeya, Herculano, Oplontis y Estabia forman hoy un conjunto arqueológico fundamental para comprender la Roma imperial del siglo I.

Redescubrimiento y excavaciones

Tras siglos de olvido, Pompeya comenzó a salir a la luz en el siglo XVIII, con excavaciones sistemáticas impulsadas por Carlos III de Borbón en 1748. Actualmente, el área arqueológica ocupa unas 66 hectáreas, de las cuales aproximadamente 45 han sido excavadas.

Acceso y recorrido monumental

El acceso más imponente sigue siendo la Puerta Marina, la mayor de las siete puertas de la ciudad, conectada directamente con la Vía Marina. Desde aquí se accede al Templo de Venus, diosa protectora de Pompeya, levantado tras la colonización romana.

Frente a él se alza el Templo de Apolo, el santuario más antiguo de la ciudad, con orígenes que se remontan al siglo VI a. C., y más adelante la Basílica, centro judicial y económico de la ciudad.

El Foro de Pompeya era el verdadero corazón urbano: un espacio monumental rodeado de templos, edificios administrativos y estatuas honoríficas. En su lado norte se encuentra el Templo de Júpiter, consagrado a la tríada capitolina: Júpiter, Juno y Minerva.

Casas, villas y vida cotidiana

Desde la Vía de las Termas se accede a la Casa del Poeta Trágico, célebre por el mosaico Cave Canem. Muy cerca, la Casa de Pansa muestra el modelo de domus aristocrática que ocupaba una manzana completa.

La Puerta de Herculano, construida tras la conquista de Sila, conserva aún huellas del asedio romano, visibles en los impactos de proyectiles sobre las murallas.

A las afueras se encuentra la espectacular Villa de los Misterios, famosa por sus frescos vinculados a ritos dionisíacos, uno de los conjuntos pictóricos más enigmáticos del mundo romano.

El lado más humano de Pompeya

De regreso al centro, la Vía de la Abundancia conduce al Lupanar, el burdel mejor conservado de la Antigüedad, con frescos eróticos que funcionaban como catálogo de servicios. Era un negocio reglado, con tarifas claras y una estructura sorprendentemente organizada.

Muy cerca se sitúan el Teatro Grande, con capacidad para unos 5.000 espectadores, y el Templo de Isis, testimonio del peso de los cultos orientales en la ciudad.

El recorrido culmina en el Anfiteatro de Pompeya, uno de los más antiguos del mundo romano, escenario de combates de gladiadores y de una célebre revuelta entre pompeyanos y nocerinos en el año 59 d. C.

Descubrimientos recientes (2022–2025)

En los últimos tres años, Pompeya ha seguido revelando hallazgos de enorme valor:

– 2023: descubrimiento de una panadería con horno, establos y una habitación de esclavos cerrada con rejas, una imagen cruda de la desigualdad social romana.

– 2023: nuevos frescos mitológicos, con escenas de la Guerra de Troya, hallados en una domus de alto nivel.

– 2024: excavación de una gran sala decorada en negro profundo con escenas dionisíacas, interpretada como espacio de banquetes de élite.

– 2024–2025: hallazgos de cuerpos con huellas claras de intentos de huida, junto a objetos personales, que permiten reconstruir mejor las últimas horas de la ciudad.

Estos descubrimientos han reforzado la visión de Pompeya no solo como una ciudad monumental, sino como un lugar habitado por personas reales, con miedos, rutinas y contradicciones.

El Templo de Apolo es uno de los espacios religiosos más antiguos y simbólicos de Pompeya. Situado junto al Foro, este santuario refleja la transición cultural de la ciudad, desde sus raíces itálicas y griegas hasta su plena romanización. Sus primeros elementos se datan entre los siglos VI y V a. C., aunque la estructura visible hoy corresponde en gran parte al siglo II a. C.

El templo estaba dedicado a Apolo, divinidad vinculada a la protección, la profecía y el equilibrio, y funcionaba como un espacio clave tanto religioso como cívico. El pórtico que lo rodea, las columnas de estilo dórico y las estatuas de Apolo y Diana subrayan su importancia dentro del urbanismo pompeyano y su papel central en la vida pública antes de la erupción del año 79.

La Basílica de Pompeya fue uno de los principales edificios civiles de la ciudad y un claro reflejo de su organización política y económica. Construida en la segunda mitad del siglo II a. C., se alzaba en el extremo suroeste del Foro y servía como espacio para la administración de justicia y las transacciones comerciales.

De planta rectangular y dividida en tres naves por columnas, la basílica albergaba al fondo el tribunal, donde se sentaban los magistrados. Su arquitectura sobria y funcional contrasta con los templos cercanos, recordando que en Pompeya no todo giraba en torno al culto: aquí se decidían pleitos, acuerdos y buena parte de la vida pública de la ciudad.

El Foro de Pompeya fue el verdadero corazón político, religioso y social de Pompeya. Concebido en el siglo II a. C., se levantó en el cruce de los ejes principales de la ciudad y estaba reservado al tránsito peatonal, sin carros, lo que refuerza su papel como gran espacio cívico.

Rodeado por templos, edificios administrativos y pórticos, el Foro concentraba la vida pública: ceremonias religiosas, discursos, decisiones políticas y actividades económicas. Durante el siglo I d. C. se añadieron monumentos dedicados a la casa imperial y estatuas de ciudadanos destacados, convirtiéndolo en un escaparate del poder y del prestigio local en los últimos años de la ciudad.

Accediendo por la Vía de las Termas se llega a la Casa del Poeta Trágico, una vivienda de dimensiones modestas pero de enorme valor simbólico dentro de Pompeya. Mantiene el esquema clásico de la domus romana con atrio central, aunque en una escala más contenida que otras casas aristocráticas de la ciudad.

Su nombre procede de un mosaico situado originalmente en el tablinum, que representa el ensayo teatral de un coro de sátiros, una clara referencia al mundo de la escena y la cultura clásica. Este mosaico se conserva hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Aún más célebre es el mosaico del umbral de entrada: un perro negro sujeto con una cadena y la inscripción CAVE CANEM (“cuidado con el perro”). Más allá de su función disuasoria, esta imagen se ha convertido en uno de los iconos universales de Pompeya. Refleja la vida cotidiana, el sentido práctico y también el gusto por el detalle de sus habitantes, recordando al visitante que, antes de ser un yacimiento arqueológico, Pompeya fue una ciudad viva y habitada.

Seguimos avanzando por la Vía Consolare, una de las arterias más importantes de Pompeya, que conectaba el núcleo urbano con el sector noroeste y conducía directamente a la Puerta de Herculano, llamada así porque desde aquí partía el camino que unía Pompeya con la vecina Herculano.

Esta vía no solo tenía una función de tránsito, sino también representativa: a lo largo de su trazado se alineaban domus de alto nivel, talleres y edificios públicos, lo que la convertía en una de las zonas más animadas de la ciudad. La Puerta de Herculano presenta tres fornici o arcadas, con un vano central de mayores dimensiones flanqueado por dos laterales más estrechos; parte de su bóveda se derrumbó ya en época antigua.

La puerta fue levantada tras la conquista de Pompeya por Lucio Cornelio Sila en el año 89 a. C., dentro del proceso de fortificación y reorganización urbana posterior. A la derecha de la estructura se conserva una escalinata que permitía acceder al camino de ronda de la muralla, desde donde se vigilaban los accesos y el entorno agrícola circundante, recordando el carácter defensivo que tuvo Pompeya antes de convertirse en una próspera ciudad romana.

La Villa de los Misterios es uno de los conjuntos más impactantes de Pompeya, tanto por su estado de conservación como por la potencia narrativa de sus frescos. Construida en el siglo II a. C. a las afueras de la ciudad, combina funciones residenciales y agrícolas, con una clara vocación de retiro aristocrático frente al Vesubio.

Su fama se debe al gran ciclo pictórico que recorre las paredes del triclinio: una secuencia casi cinematográfica de figuras a tamaño natural vinculadas a los misterios dionisíacos, ritos de iniciación relacionados con el dios Dioniso. Los personajes, sobre fondos rojos intensos, parecen moverse y mirarse entre sí, creando una sensación de continuidad poco común en la pintura romana. La interpretación sigue abierta —rito iniciático, paso al matrimonio, culto mistérico— y esa ambigüedad forma parte de su magnetismo.

Estos frescos no solo destacan por su calidad artística, sino porque ofrecen una ventana directa a la espiritualidad, los símbolos y las tensiones íntimas de la élite romana poco antes de la erupción del año 79.

La Vía de las Tumbas es uno de los accesos más reveladores a Pompeya, donde la ciudad de los vivos se encontraba con la memoria de sus muertos. Como marcaba la ley romana, las necrópolis se situaban fuera de las murallas, a lo largo de las vías principales, y aquí se alinean mausoleos, sepulcros y monumentos funerarios pertenecientes a familias acomodadas, libertos y magistrados.

Más que un espacio de duelo, esta vía funcionaba como un escaparate social: inscripciones, relieves y estatuas recordaban cargos, méritos y linajes. Caminar por la Vía de las Tumbas es comprender cómo los pompeyanos buscaban perpetuar su nombre y su estatus incluso después de la muerte, integrándolos en la vida cotidiana de la ciudad.

El Teatro Grande de Pompeya fue uno de los principales espacios culturales de Pompeya. Construido en el siglo II a. C., aprovecha el desnivel natural del terreno para conformar la cavea en forma de herradura, siguiendo la tradición helenística adaptada al mundo romano.

Con capacidad para unos 5.000 espectadores tras las reformas de época de Augusto, aquí se representaban farsas populares, comedias, mimos y espectáculos con música y danza. La distribución del graderío reflejaba con claridad la jerarquía social, reservando las mejores filas a las élites locales. Hoy, su emplazamiento y estructura permiten imaginar con facilidad el bullicio y la vida cultural que animaban Pompeya antes de la erupción.

El Anfiteatro de Pompeya es uno de los edificios más imponentes de la ciudad y uno de los anfiteatros romanos más antiguos conservados. Construido hacia el año 70 a. C., podía acoger a más de 20.000 espectadores, una cifra notable para una ciudad de tamaño medio, lo que revela la importancia social de los espectáculos de gladiadores.

La cavea se organizaba en distintos niveles según el rango social, y sobre las gradas se extendía un gran velum para proteger del sol. El anfiteatro fue escenario no solo de combates, sino también de tensiones políticas: en el año 59 d. C. una violenta revuelta entre pompeyanos y habitantes de Nocera llevó a la prohibición temporal de los juegos. Hoy, su estado de conservación permite entender la dimensión popular y emocional que estos espectáculos tenían en la vida cotidiana romana.

Pompeya fue una ciudad detenida en el tiempo, sepultada por el Vesubio en el año 79, convertida en silencio y ceniza cuando aún latía con vida.
Sus calles, templos, casas, teatros y arenas hablaron durante siglos de una ciudad que creyó eterna y que quedó suspendida en sus últimos gestos cotidianos.
Incluso hoy, cada hallazgo siguió devolviéndonos voces, miradas y miedos de quienes no supieron que aquel día sería el último.