Seis escapadas de 48 horas desde Barcelona para aprovechar un fin de semana
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Milán, Roma, Oporto, Sevilla, Bilbao y Palma de Mallorca están lo bastante cerca como para convertir dos días libres en una pequeña escapada. Seleccionamos qué ver, dónde pasear y qué probar para sacar partido a 48 horas en cada destino.

Dos días pueden parecer poco para viajar, pero un vuelo directo y un itinerario bien elegido permiten cambiar completamente de escenario durante un fin de semana.

Desde Barcelona hay ciudades en las que buena parte de los lugares imprescindibles se concentran en áreas relativamente compactas. Eso permite aterrizar por la mañana, dejar la maleta y empezar a caminar sin dedicar medio viaje a desplazamientos.

Italia, Portugal, Andalucía, el País Vasco o Baleares ofrecen posibilidades muy distintas. Estas seis propuestas tienen algo en común: pueden disfrutarse razonablemente bien en 48 horas sin convertir la escapada en una carrera contra el reloj.

Milán: del Duomo al aperitivo en Navigli

Milán funciona especialmente bien para una escapada corta porque varios de sus grandes atractivos pueden recorrerse a pie.

El primer día puede comenzar en el Duomo, continuar por la Galería Vittorio Emanuele II y terminar recorriendo las calles de Brera, uno de los barrios más agradables para detenerse en cafés, pequeñas tiendas y galerías.

Para la segunda jornada, merece la pena cambiar de ambiente y dirigirse hacia Navigli, donde los antiguos canales dibujan uno de los paisajes urbanos más reconocibles de la ciudad.

Entre una visita y otra conviene reservar algo de tiempo para aquello que los milaneses practican muy bien: sentarse a tomar un espresso y terminar la tarde con un aperitivo.

Vueling señala hasta seis vuelos diarios entre Barcelona y Milán.

Roma: dos días entre ruinas, plazas y pasta

Pretender conocer Roma en un fin de semana sería excesivo. Elegir bien dos zonas permite, en cambio, disfrutarla sin pasar las 48 horas mirando el reloj.

Una primera jornada puede concentrarse en la Roma antigua: Coliseo, Foro Romano y Palatino.

El segundo día cambia completamente de escenario con un paseo por el centro histórico: Panteón, Fontana di Trevi y las calles que aparecen entre ambos monumentos.

Al caer la tarde, Trastevere ofrece una buena excusa para abandonar los mapas. Una carbonara, un plato de cacio e pepe y un gelato pueden poner el punto final al día.

La compañía indica hasta seis frecuencias diarias desde Barcelona.

Oporto: azulejos, Duero y una mesa portuguesa

Oporto tiene una escala perfecta para caminar.

El primer contacto puede empezar en Ribeira, seguir por el centro histórico hasta la estación de São Bento y continuar entre iglesias revestidas de azulejos.

Después llega uno de esos paseos que justifican el viaje: cruzar el puente de Dom Luís I y contemplar Oporto desde la orilla de Vila Nova de Gaia.

El segundo día admite un ritmo más tranquilo. La zona de Foz, junto a la desembocadura del Duero, permite alejarse durante unas horas del centro.

En algún momento habrá que sentarse a comer. La francesinha y el bacalhau aparecen entre los clásicos inevitables de una primera visita.

Según la información facilitada por Vueling, la ruta desde Barcelona dispone de hasta cuatro vuelos diarios.

Sevilla: monumentos por la mañana y tapeo por la tarde

Sevilla permite concentrar buena parte de una primera visita alrededor de su centro histórico.

Un día puede comenzar en el Real Alcázar, continuar hacia la Catedral y la Giralda y terminar recorriendo las calles de Santa Cruz.

Para la segunda jornada queda el Guadalquivir, sus paseos junto al río y ese otro patrimonio sevillano que aparece alrededor de una barra.

El cazón en adobo, los montaditos de pringá y unas cuantas tapas compartidas permiten descubrir una parte de la ciudad que difícilmente cabe en una visita monumental.

La nota de Vueling señala hasta ocho vuelos diarios entre Barcelona y Sevilla.

Bilbao: Guggenheim, Siete Calles y pintxos

En Bilbao es posible pasar en pocos minutos de la arquitectura contemporánea a uno de los cascos históricos con mayor personalidad del norte de España.

La primera jornada puede comenzar junto a la ría, detenerse en el Museo Guggenheim y continuar hasta las Siete Calles del Casco Viejo.

Y aquí resulta difícil separar turismo y gastronomía.

Un poco de txikiteo, una gilda, un pintxo de bacalao al pil-pil y varias barras por explorar pueden ocupar perfectamente el final del día.

Para la segunda jornada, el Azkuna Zentroa y un paseo por el Ensanche permiten descubrir una imagen diferente de Bilbao.

Vueling informa de hasta siete vuelos diarios desde Barcelona.

Palma: patrimonio, Mediterráneo y una ensaimada

Palma es probablemente la opción que permite cambiar de ambiente más rápidamente.

El centro histórico reúne la Catedral de Mallorca, el Parc de la Mar, patios señoriales y un entramado de calles por las que merece la pena caminar sin demasiada planificación.

Durante 48 horas también queda tiempo para recorrer el paseo marítimo, sentarse junto al Mediterráneo y descubrir algunos sabores mallorquines.

Una ensaimada parece inevitable. También se puede probar un tumbet o detenerse en Can Joan de s’Aigo para tomar uno de sus tradicionales helados de almendra.

La conexión aérea es además la más frecuente de las seis propuestas de la nota: Vueling indica hasta doce vuelos diarios entre Barcelona y Palma.

¿Qué destino elegir para solo 48 horas?

Depende bastante del tipo de fin de semana que apetezca.

Milán encaja bien con quienes buscan arquitectura, diseño y ambiente urbano. Roma concentra una dosis difícil de igualar de historia y patrimonio. Oporto ofrece un viaje pausado entre río y gastronomía. Sevilla permite alternar monumentos y tapeo. Bilbao combina arte, ciudad y pintxos, mientras que Palma añade algo que las demás no pueden ofrecer de la misma manera: el Mediterráneo.

Para una escapada tan corta hay un consejo que vale para las seis: escoger pocas visitas, reservar con antelación aquello que sea imprescindible y dejar espacio para caminar. Dos días dan mucho más de sí cuando el objetivo no consiste en tachar veinte lugares de una lista.

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